Lo que nadie te cuenta cuando te apuntas al gym en abril.
- PatriciaBM

- 20 abr
- 4 min de lectura

Esto es lo que hay detrás.
Tranquila, no te está pasando solo a ti. Y además pasa todos los años.
Empieza a hacer buen tiempo, te ves más, te expones más…
y hay un momento en el que decides:
“Ahora sí. Me pongo en serio.”
Te apuntas al gym. Retomas entrenamientos. Sales a correr. Te mueves más que en meses.
Y durante unos días todo encaja.
Te sientes bien. Motivada. Con esa sensación de “esta vez sí”.
Puede que hasta te animes a participar en carreras populares, en eventos deportivos y te visualizas disfrutando de cada actividad como nunca.
Hasta que el cuerpo empieza a decir otra cosa.
No es que lo estés haciendo mal.
Es que lo estás haciendo demasiado rápido.
El cuerpo no cambia al ritmo de las ganas. Cambia al ritmo de lo que puede sostener.
Y ahí es donde empieza el desajuste.
El problema no es entrenar.
Claro que no, moverse o invertir en salud y movimiento siempre es la mejor apuesta, el problema es entrenar como si ya estuvieras preparada.
Después de semanas (o meses) con menos movimiento real, tu cuerpo está adaptado a eso. A esa falta de movimiento y a ciertas intensidades más bien bajitas.
Y de repente le pides: más carga, más repeticiones, más impacto, más frecuencia...
Y todo eso junto.
Y el cuerpo responde… protegiéndose.
Es importante que diferenciemos que no se rompe. Se adapta. O al menos es así la mayoría de veces en la mayoría de procesos.
Pero lo hace como puede.
Por eso empiezan a aparecer cosas como:
— sobrecarga en piernas— zona lumbar más sensible— tensión en cuello y hombros— fatiga que no encaja con lo que esperabas.
Y esto sí que no es casualidad.
El tejido tiene sus tiempos y no son negociables.
Músculo, tendón y tejido conectivo no responden igual.
El músculo mejora relativamente rápido. Pero los tendones y otras estructuras necesitan más tiempo para adaptarse a la carga.
Esto está bien descrito en fisiología del ejercicio: los cambios estructurales van por detrás de tu sensación de capacidad.
Tú te ves capaz antes de que tu cuerpo esté preparado.
Y ahí es donde empiezan los avisos.
Y el dolor no aparece porque sí.
El dolor suele ser una señal.
No siempre de lesión. Pero sí de que algo no está gestionando bien la carga.
A veces no es la zona que duele la que falla.
Es otra que no está haciendo su parte.
Y el cuerpo redistribuye como puede.
Aquí es donde muchas personas se pierden.
Porque siguen empujando desde el mismo sitio.
Más entrenamiento. Más intensidad. Más esfuerzo.
Sin entender qué está pasando. sin revisar cómo está funcionando su cuerpo.
Sin replantearse su técnica o incluso de su fisiología.
Y aquí es donde cambia todo cuando se mira bien.
Cuando el cuerpo se observa con un enfoque más global —como el que trabajamos desde la osteopatía— deja de tener sentido mirar solo la zona que duele.
Empiezas a ver relaciones.
Cómo una cadera que no está trabajando como debería acaba cargando la zona lumbar. Cómo un pie que no empuja bien cambia todo el patrón. Cómo el cuerpo compensa durante semanas… y así hasta que aparece la molestia.
Y ahí es donde todo empieza a encajar.
Hay algo curioso.
Cuando ves a deportistas de alto nivel, das por hecho que entrenan mucho.
Pero no es solo eso.
Trabajan con equipos enteros que se encargan de que su cuerpo pueda sostener ese nivel de exigencia.
Preparadores, fisioterapia, trabajo manual, control de cargas…y no lo hacen porque estén lesionados, a qué no?. Lo hacen porque quieren evitar estarlo.
Y aquí es donde merece la pena pararse un segundo.
No hace falta ser un deportista profesional para que esto tenga sentido.
De hecho, cuando empiezas a entrenar desde cero o después de tiempo sin hacerlo, tu cuerpo está más expuesto a ese tipo de sobrecargas.
La diferencia es que ellos lo tienen integrado desde el principio…y la mayoría de la gente espera a que algo moleste.
Entrenar no es solo moverse.
Es generar adaptación.
Y para que esa adaptación ocurra, el cuerpo necesita algo más que ganas:
tejido que responda, buena circulación, capacidad de recuperación y un sistema que no esté constantemente saturado.
Cuando eso no está, el entrenamiento suma carga… pero no progreso.
Y esto es solo una parte de la ecuación. Porque si nos metemos en lo que le estás dando a tu cuerpo estos días…ahí también habría bastante que ajustar.
¿Solo te alimentas o también te NUTRES?. ¿Cómo son tus descansos?. ¿Y tus rutinas y nivel de estrés?.
Pero eso da para otro artículo. Vayamos paso a paso.
Aquí es donde muchas personas empiezan a notar diferencia.
Cuando dejan de pensar solo en entrenar más y empiezan a cuidar cómo responde su cuerpo.
Ahí es donde tiene sentido: descargar lo que se está sobrecargando, mejorar el estado del tejido, facilitar la recuperación, y ayudar al cuerpo a reorganizarse.
No como sustituto del entrenamiento sino como parte del proceso.
El problema no es empezar. Es no saber desde dónde empiezas.
No llegas tarde.
Pero tampoco llegas en las condiciones que crees.
Y eso está bien.
Solo hay que ajustar el camino.
Si estás en ese punto ahora mismo.
Ese de: “he empezado… pero mi cuerpo no va al ritmo que yo quiero”, tiene sentido pararse un momento.
Obviamente no para frenar sino para entender.
Entender que el cuerpo no te está frenando, te está dando información.
La diferencia está en qué haces con ella.
💡 Si te resuena.
Si sientes que tu cuerpo no está acompañando lo que estás haciendo, o quizá más importante, no quieres llegar a verte identificada en este post, podemos verlo juntas y ayudarte a que lo sostenga.




Comentarios